Sérgio López

Valencia, 1979

Se podría decir que la inspiración me llego tardía, quizás por eso que dicen, “lo bueno, se hace esperar”.

No soy hijo de fotógrafo, ni de pequeño sentí una atracción especial por la fotografía, pero si he crecido entre retales de madera talladas y diseños imposibles, mi creatividad se forjó en el taller de ebanistería de mi padre y mi sensibilidad y pasión afloraron bajo el regazo de mi madre y mi abuela.

Mi amor por la fotografía surgió de forma natural, me di cuenta que me encantaba narrar mis viajes y mis experiencias a través de imágenes. Fue en un viaje a Marruecos, y gracias a la réflex de uno de mis mejores amigos y después mentor, que me terminé de enamorar de la que hoy es mi profesión.

Me propuse entonces que cada paso que diera sería para acercarme más a profesionalizarme, me compré un equipo y me apunté al primer curso de fotografía. A partir de ahí y hasta ahora, jamás me he vuelto a separar de una cámara. Me defino como autodidacta aunque siempre respaldado y tutelado por profesionales del sector.

Me encantan los deportes de montaña, el snowboard, la naturaleza en estado virgen, disfrutar con los amigos y la familia, me declaro amante de los animales, de viajar y conocer otras culturas y sobre todo me declaro enamorado de la vida, las personas y sus historias.

Pero si de algo estoy enamorado es de mi recién nacido hijo Darío, es increíble como ha revolucionado mi mundo y mi inspiración, con el todo es perfecto.

Y ya que estoy desnudándome un poco ante vosotros, no puedo dejar pasar la oportunidad de darle las gracias a María, mi pareja de viaje, por hacer posible que mi sueño se haga realidad, sin ella, probablemente, no estaría aquí o al menos no de la misma manera.